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La magnífica historia de Luis Silva en 1951 palabras. [Editar]
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Los sueños del corazón nunca mueren. Lo aprendí de Luis Silva desde el momento en que lo conocí.
Fue litúrgicamente un sábado de gloria, una reunión, él un invitado más. Compartíamos una pasión en particular, el amor por Atlas. Me acerqué a él, presentándome con el estandarte rojo y negro en las palabras. Él decidió romper la sequedad del silencio con una sonrisa y me habló de su vida.
Don Luis Silva nació a mediados del siglo veinte, en Guadalajara, Jalisco. Era un muchacho como cualquier otro, estudiabla en las mañanas y trabajaba hasta el ocaso, claro, en el inter sembraba una portería imaginaria para jugar fútbol; la única diferencia es que él no buscaba anotarlos, sino evitarlos. ¿Su primer gran amor? Sencillamente el Atlas. Él vistió el rojo y negro la mañana de abril de 1951 y asistió al parque Oblatos, el Clásico tapatío y la oportunidad de consagrarse por primera vez en su historia. Todo fue consumado al minuto 51, el central Horacio Salceda marcó un penal a favor de los zorros. Cubero pidió el balón y lo despidió a las redes desde los once pasos, los diarios del 23 de abril dictaron “Atlas, un digno campeón”. La gente no hablaba de otra cosa, Atlas era el primer monarca jaliciense y Luis no podía estar más enamorado de su equipo. Una noche volvió a casa y recibió una noticia: su padre recibió la oportunidad de que la familia trabajara en el extranjero. Emprendieron el camino a Estados Unidos. Luis vio un mismo cielo ser tan diferente, no por el idioma, no por la comida ni las jornadas de trabajo, sino la distancia entre él y Atlas. Al poco tiempo de arribo, compró una radio en busca de la transmisión de los partidos, en veces el capricho de la sintonía sólo alcanzaba para escuchar el marcador final.
En la temporada póstuma al campeonato la euforia rojinegra llevó a algunos jugadores a la selección nacional, mientras que otros fueron vendidos al mejor postor de la liga mexicana; muy pocos restaron en la plantilla de Eduardo “Che” Valdatti. Entonces las victorias se tornaron en empates y derrotas, el júbilo en intriga, consternación, preocupación y temor, un temor capitalizado en la última jornada de 1953-54, no sumar en su duelo contra Tampico significaría no mantener la categoría. Atlas perdió y descendió por primera vez en su historia. Del otro lado de la radio, Luis padeció el peor de los duelos por el infierno de la segunda división, en silencio y sin consuelo alguno, mas secadas las lágrimas decidió estar con Atlas no sólo en las buenas. Fue así que Luis apoyó, alentó y gritó a sus colores desde su remota trinchera, trabajando arduamente en la semana, sintonizando el encuentro en los fines. Atlas volvió a Primera, la familia Silva lo hizo poco después a Guadalajara y Luis se inscribió a la preparatoria; la vida le había retornado la normalidad.
Tras una gran temporada, la estocástica memoria de la directiva rojinegra favoreció nuevamente en la venta de jugadores destacados del plantel, sin embargo, esta vez los problemas económicos persistieron y otro descenso significaría la desaparición del club. Un día llegó Luis a la preparatoria, se era un revuelo total. “¿Qué crees? Vinieron del Atlas a probar jugadores para meterlos al Primer Equipo, como pasó con el Pistache, tú eres muy buen portero, pruébate.” Él corrió a casa tan rápido como pudo y vistió su ropa deportiva. Al volver, tomó su lugar bajo el travesaño y atajó cuanto balón pudo, sirvió a sus defensores, ordenó las líneas, rechazó en los saques de esquina y sudó hasta la última gota de sudor. Ni bien abandonó la cancha, los visores se acercaron a él. “Estás dentro, te vemos mañana para entrenar”. Llegó a casa al encuentro de su padre y su consejo respecto a la propuesta. Éste le ofreció apoyo incondicional, aun cuando esto significara un salario menor al hogar; en ese entonces, el fútbol retornaba dividendos de amor, no de dinero. Ni el techo desde su cuarto le logró estorbar para alcanzar las estrellas con la mirada.
El día siguiente llegó puntual al club en Paradero y fue presentado ante el plantel. Se dispersó la charla inicial, quedaron él y el arquero más antaño. “Hola muchacho, soy Marcelino. Muchas felicidades por haber entrado, lo mejor para esta nueva aventura.” Desde el inicio, recibió de él palabras de motivación, consejos sinceros y bromas entrañables. Transcurrieron las mañanas de preparatoria y las tardes de entrenamiento. El inicio de la temporada más cerca, la ilusión inevitable. Ese sábado partió de casa, recibió la bendición de sus padres y partió rumbo al estadio, el sueño había comenzado.
Jornada 1, Valdatti: “Marcelino: a la cancha, Luis: a la banca.” Entonces el césped no era plantado más por la imaginación, la vidriería de las casas no eran gradas grisáceas y el arco era una realidad en medidas reglamentarias. Olvidó ser miembro del plantel, dio el silbatazo inicial y Luis fue un espectador más, gritaba las faltas, aplaudía los gestos técnicos y desbordaba en pasión por presenciar el partido más cerca que nunca. Para el segundo tiempo, vio con admiración los reflejos y destreza mostrados por su congénere, celebró cada lance de Marcelino y vibró cuando éste salió ovacionado por el público. Decidió inspirarse de él.
La siguiente semana corrió más en los entrenamientos y obedeció las recomendaciones milimétricas del cuerpo técnico. Su satisfacción fue en función de sus ganas. Jornada 2, Valdatti: “Marcelino: a la cancha, Luis: a la banca.”, donde observó a mayor detalle los achiques, el constante brincoteo de puntas y el arte de las atajadas por tiros rasos a los extremos. La siguiente semana llegó a las instalaciones con anticipación y practicó los movimientos puntuales con esféricos imaginarios, su técnica era cada vez mejor. “Sigue así muchacho”, le dijo Marcelino. Jornada 3, Valdatti: “…Luis: a la banca.” El transcurso de los duelos le significó una reinventada oportunidad de aprender de un grande, sin embargo, el costo era su relegación del rectángulo de cal. En casa, las carencias iban en aumento y la economía se tornaba más frágil, miraba a su padre esperando madurez, pero él le devolvía el cumplimiento de su promesa, pidiéndole a su hijo persistir en su sueño.
Iniciada la segunda mitad del torneo, Luis estaba más determinado que nunca. En los entrenamientos resanó toda área de oportunidad con elogios y reconocimientos hasta del mismo Alfredo “Pistache” Torres, el viernes rezó pidió la intercesión al técnico sin que implicara algún mal para su gran amigo. Aseguró que su momento había llegado. Sin embargo, Jornada 13, Valdatti: “Marcelino: a la cancha, Luis: a la banca.” Volvió esa noche a vestir de lágrimas el hombro de su madre. “No te rindas hijo”, pero los sueños de Luis eran golpeados por una realidad expresada en cada fin de semana.
Jornada 16, Valdatti repitió su sentencia en la alineación y Luis vio el juego desde el banquillo. Esta vez, enfocó su corazón a una percepción diferente. Recordó el campeonato de 1951, las tardes norteamericanas frente al radio, al sufrimiento por el descenso y la redención consumada. Miró hacia la gente, su alegría por tener un equipo con corazón y entrega, de atacantes que defienden sus colores, de defensores que atacan al balón, del portero que enorgullecía el marco atlista. Entendió que el arte de amar podría significar la valentía de dejar ir. Terminado el encuentro, tomó una decisión.
Luis esperó a Marcelino afuera del vestidor. “Amigo, portar los colores de Atlas es el sueño más grande de mi vida, jugar con ellos mi ilusión más sincera, pero ya no puedo más, el lunes entrego mi camiseta: renuncio al club.” Por unos segundos Marcelino permaneció pensativo, fijo, pero no inmóvil en su mirada, volvió en sí y respondió “Apoyo tu decisión, sólo hazlo después del siguiente partido.” Accedió. Luis vivió como nunca su última semana de entrenamiento, voló por los aires, atajó a modo y disfrutó la aventura de sus sueños. Sin embargo, a esta aventura le restaba un capítulo final.
Luis llegó al encuentro contra Tampico, el mismo rival que había enviado al descenso al equipo dos temporadas atrás. Esta vez no se despidió de su familia pues le acompañarían desde unas gradas repletas. Llegaron los jugadores al vestidor, ahí el nombre de Luis y la pulcritud de un uniforme que admiró con tierna nostalgia. Sentía que faltaba alguien, no prestó mayor atención. Salió a realizar los ejercicios de calentamiento y escucho el distinguible vitoreo de toda su familia. Regresó al vestidor, entró Valdatti y dirigió palabras a sus jugadores “Ellos no sólo nos llevaron al infierno a nosotros, también lo hicieron a la gente que está ahí afuera. Ellos soportaron el ardor del descenso y nunca nos abandonaron, démosles un juego digno de ser recordado.” Entonces dictó la alineación. Jornada 17, Valdatti comenzó por los defensas, centrocampistas y delanteros. Al final, “Luis:-y volteó a verlo- Marcelino acaba de lesionarse, no podrá jugar este encuentro, tú entras a la cancha.” De la sorpresa a la incredulidad, del frenesí de emociones a la realización de la realidad, sonrió y asumió alegre el compromiso, “Así será Che”. Salieron los once al corredor, Luis el último en llegar a la posición. Aquellos murmullos en las tribunas por el incógnito frente a las redes fueron apaciguados por las porras de su padre y toda la familia. Luis cerró los ojos y respiró armónico, volvió su mirada al banquillo, ahí Marcelino guiñándole el ojo con la mano sobre la lesión ficticia, le gesticuló un “gracias”. Primero al arquero de Tampico, después volteó el colegiado al rojinegro, preguntando si estaba listo; quedó cortó el “sí”. Orquestó el árbitro el silbato, el sueño comenzó.
Quienes vieron el encuentro, aseguran que aquel jovencito canterano tuvo un encuentro maravilloso, con atajadas espectaculares, achiques puntuales e innumerable cantidad de goles evitados. Así en cada segundo, en cada minuto, en cada tiempo, hasta que el árbitro hizo sonar el fin del encuentro; Atlas ganó. Luis salió aclamado por todo el estadio, volteó al ínfimo punto donde estaba su familia y les agradeció, todos se acercaron con él y lo escoltaron en abrazos de vuelta a los vestidores. No volvió a pisar esa cancha, y es que ese día, noventa minutos después de su debut, Luis Silva se retiró de Atlas.
Dicen que regresó en la semana a trabajar con su padre y los fines siguió asistiendo al estadio, ahora desde las tribunas, que lloró los descensos póstumos y celebró los inmediatos regresos a Primera. Cuentan que siguió siendo gran amigo de Marcelino por mucho tiempo más, que formó una bella familia tapatía, que, años después, padeció como nunca la final del ’99 y gozó por la Academia que enamoró Sudamérica; que sencillamente nunca dejó de amar al Atlas.
Entonces volvimos al entonces presente, un día después de una victoria de Atlas en la lucha por el no descenso del Clausura 2013. Firmó una playera: “Con Respeto y cariño, Luis Silva, portero de Atlas en 1956-57”. Lo vi sonreír como diciéndome que Atlas valió toda la pena en su vida. Nos dijimos adiós.
Un año después recibí una llamada, Don Luis había partido al cielo, partió al encuentro de Don Ramón Cano, Felipe Zetter, Javier Valle y tantos otros. Cuando esté allá arriba, lo verán y dirán “miren, ahí está el amado esposo, padre y abuelo, el gran ser humano, y sí, el histórico portero de Atlas”, y es que en ese partido, Don Luis no recibió un solo gol.
Los sueños del corazón nunca mueren, eso lo aprendí de Luis Silva, el único arquero invicto en la historia de Atlas. Gracias Don Luis, ¡Mil veces arriba el Atlas!

  1. Historia de versiones

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